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viernes, 03 de septiembre de 2010
 
 
Disgregación del Patrimonio cultural de Misiones PDF Imprimir E-Mail
 

Disgregación del Patrimonio cultural de Misiones

  

Dr. Guillermo Kaul Grünwald

  

 

Antes de ingresar a lo que hace al tema refe­rido a Misiones, quisiéramos realizar una ligera compulsa de lo que al respecto viene sucediendo, desde hace años, en el ámbito nacional.

 

Es frecuente en Buenos Aires que empresas de subastas, martillo en alto y al mejor postor, den destino a bibliotecas y archivos, lo mismo que a obras de arte de nuestro patrimonio; patrimonio que perteneciera a destacadas figuras del queha­cer nacional o también a coleccionistas del me­dio.

 

No hace mucho esto ocurrió con los documen­tos pertenecientes a la sucesión Ricardo Güiraldes, el autor de una de nuestras obras clásicas en literatura: Don Segundo Sombra. Entre ese mate­rial bibliográfico y artístico se encontraban ma­nuscritos del escritor, borradores de sus obras, li­bros auto biografiados, cartas de autores célebres extranjeros y creaciones plásticas.

 

El destino, que tuvo este patrimonio cultural, lo desconocemos. Ojalá tan significativo acer­vo haya ido a engrosar el Museo Güiraldes de la Provincia de Buenos Aires o haya caído en ma­nos de algún argentino, como tal, es decir, aman­te de los valores de nuestra tradición; lo doloro­so sería que dicho legado hubiese sido adquirido por algún librero capitalino dedicado a la expor­tación en signo dólar o por algún coleccionista Iñaki, alemán o inglés para exhibirlos en anaque­les vedados al que no pertenece a esa concepción de cultura.

 

Y no es la primera vez, ni será la última, que subastas como ésta han permitido la evasión de material de tal naturaleza. La muerte de figuras públicas de lustre ha dado a sus herederos o alba­ceas a este tipo de remate, de donde nos vamos, "como quien se desangra".

 

En ciertos casos, no en todos, intervino la mano oficial preservando así preciosos legados a los que tiene derecho la comunidad toda. Esta in­tervención estatal, empero, las más de las veces como es costumbre en nosotros, llegó tarde y a desgano. De ahí que, a pesar de ciertas normas legales, todavía – hoy es siempre todavía - decía el poeta Machado, se sigue con la evasión hacia otras latitudes de materiales que hacen a la histo­ria cultural argentina. Y en esto se reitera una in­veterada falencia nacional, falencia que se manifiesta en la falta de interés por lo que es la base de toda soberanía: la Cultura.

 

 Y si gratuito pueda parecer lo que antes decla­ramos, vengan estas preguntas: ¿Qué se hizo de la biblioteca del Dr. Vicente Quesada, tan abun­dante en temas de derecho internacional ame­ricano como argentino? ¿En qué parte de Berlín debe ser consultada?¿Qué es de la biblioteca del Dr. Manuel Ricardo Trelles, autor entre otras páginas de:" Cuestión de límites entre la República Argen­tina y el Paraguay" Bs. As. 1867, obra que afecta a Misiones y que felizmente el CEIM, después de años de búsqueda pudo rescatar en su primera y única edición? ¿Por qué la biblioteca del General Agustín P. Justo, que contaba con verdaderos te­soros bibliográficos, entre otros, los originales de uno de nuestros demarcadores: Don Diego de Alvear, demarcador en el pleito con Portugal, en lo relativo a los límites de dicha Corona y la de Es­paña en lo que hace a Misiones, fue entregada en venta al Perú?

 

¿Qué hizo nuestro gobierno cuando el Brasil le propuso al italiano De Angelis, por unos po­cos reis y un título académico, adquirir los varios miles de manuscritos, entre ellos mapas jesui­tas, que bien hubieran podido apuntalar las ar­gumentaciones de E. Zeballos en su defensa por los derechos de Misiones sobre los territorios que hoy integran Clevelandia? ¿Acaso alguno de los ejemplares que posee el CEIM no son testimonio fehaciente de que la misma biblioteca de este ilus­tre argentino sufrió algún desmembramiento?

 

Y sin ir más lejos, sin salirnos de aquí, de Mi­siones, ¿qué fue de la biblioteca de Horacio Quiroga? ¿ Qué hizo el gobierno de la provincia por preservar obras que, sin duda, hoy podrán colaborar con la interpretación de la producción literaria de este escritor al conocer los libros que frecuentaba? ¿Por qué, si la provincia no tenía fondos, la Nación guardó silencio cuando algún familiar del famoso cuentista, los ofreció en ven­ta y el Gobierno del Uruguay adquirió dicha bi­blioteca?

 

Esto, por supuesto, no tiene cabida en naciones de honda tradición como las europeas. En París, por citar un ejemplo, Voltaire tiene un Museo lo mismo que Balzac y así otras figuras de la cultu­ra francesa.

 

Se dirá que esto no ocurre entre nosotros, país aluvional, no cristalizado aún, sin embargo, al margen de este problema de etnías, gozamos de una tradición que nos caracteriza fácilmente ante el mundo, comenzando por nuestras manifesta­ciones folklóricas.

  

Misiones, por su especial situación geopolítica desde la época hispánica, como parte integran­te de la provincia del Paraguay y, por haber sido signada por Dios como centro hegemónico de la acción evangelizante de los misioneros, constitu­ye históricamente, sin duda, el trozo O de tierra argentina más denso en hechos culturales duran­te el siglo XVII hasta la mitad del XVIII. Todas las artes eran cultivadas en las reducciones o doctri­nas. La música impulsada, entre otros misione­ros, por el P. Antonio Sepp, lo mismo que el coro, cobran gran relevancia; ellos mismos se fabricaban los instrumentos y hasta exportaban parte de éstos a Europa llegando a ser Yapeyú la Capital de la música Sudamericana. Cada reducción te­nía montado su coro polifónico y su orquesta, ha­bida cuenta que el guaraní era muy proclive a la música y algunos de ellos, como el cacique Yapu­guay, autor de dos libros de contenido religioso, se destacaron en este quehacer, llegándose a es­cribir composiciones musicales, entre otras, una "Opera a Santiago", al decir de Javier Bravo, par­tituras que se han perdido como otras preciosi­dades artísticas, expresiones de aquella cultura jesuítica.

 

No menos importancia revisten las letras; hubo obras escritas en latín, en castellano y hasta en guaraní como "Sermones y Exemplos” de Yapuguay o la "Historia de Corpus" del cacique Mel­chor y versiones a este mismo idioma del Marti­rologio Romano o el tratado de "Lo Temporal y Eterno" del P. Nieremberg, magníficamente ilus­trado por el genio aborigen, sin contar numero­sas piezas escénicas escritas por los mismos in­dios: pantomimas y otras de temas religiosos o el drama sobre la victoria de Mbororé, citado por el P. Techo, obras cuya pérdida resulta más que do­lorosa.

 

Con libros impresos allí mismo y otros en Europa se montaban bibliotecas en cada reducción.

 

"A la labor representada por escuelas, colegios y Universidades hay que agregar la que significa­ban tantas bibliotecas como tuvieron los Jesuitas y que fueron casi las únicas que hubo en el terri­torio nacional hasta la época de la Independen­cia. Aún más: la Biblioteca fundada por Moreno debió su existencia a las bibliotecas de los Jesuitas que, después de ser arrojadas y dilapidadas, reci­bieron por fin un modesto acomodo en los estan­tes de la primera Biblioteca Nacional.

 

Del interés que desplegaron los Jesuitas en el Río de la Plata para enriquecer sus bibliotecas existen datos abundantes. Recuérdese que en to­dos sus colegios y escuelas, residencias y reduc­ciones existió, y en forma manifiesta, la sala dedi­cada a la biblioteca. A principios del siglo XVIII el Obispo de Asunción escribía al Rey y le mani­festaba que" en aquellas tierras no había libros en latín y menos en arte y Teología; y sin libros no se puede estudiar" . Así era en efecto y hay que agre­gar, como en 1617 lo manifestaba el Padre Viana, además de ser difícil de conseguir libros eran tan caros que" costaban un ojo de la cara". Los jesui­tas supieron vencer todos los obstáculos y, desde los que pisaron tierra americana, todos ellos iban cargados de lo que era y es símbolo de progreso e instrumento de cultura. Ya en 1647nos hallamos con una nota sugestiva como ésta: "Memoria y cuenta de lo que traje del H. Francisco de Lapaz, procurador del Colegio de Salamanca en Lisboa: advierto en primer lugar que a más de los libros que de Lisboa traje según memoria, me hice jus­tamente cargo de dos partidas, una en el Río de Janeiro que tenía el P. Gregorio del Barrios, y mandó el H. Lapaz me entregaran. La otra par­tida en Buenos Aires estaban en poder del P. To­más de Ureña y me las entregó por cuenta de di­cho H. Lapaz"

 

" ... en cada Reducción o pueblo de indios ha­bía una biblioteca de trescientos a cuatrocientos volúmenes. San Borja contaba con 716. San Pedro con 834, Itapúa con 530, Santos Mártires con 382 y Candelaria con más de 3.700 volúmenes; entre los Mojos el número ascendía 5.200; en Misiones del Uruguay había 3.600 y en las del Paraná cer­ca de 7.000" (Cf. Guillermo Furlong: Los Jesuitas y la Cultura Rioplatense, Buenos Aires 1946, pp 236-238)

 

Estas bibliotecas, únicas por su carácter, se fueron desintegrando; algunos libros fueron lleva­dos a otras latitudes del país y al extranjero, pero muchos ejemplares, sobre todo manuscritos, co­rrieron la condena de las llamas:" Ocurrió con aquellas magníficas colecciones igual que con la célebre biblioteca de Alejandría. Ningún Omar ni salvaje ninguno del gran Chaco las aniquila­ron, sino que fueron cristianos quienes lo hicie­ron, parientes espirituales de aquel teodosio que hizo destruir la biblioteca de Alejandría. Hicie­ron de una gran parte de los escritos cartuchos o los utilizaban para cocer bizcochos y para linter­nas; y pasó como al historiador Urosis que sólo encontró los armarios vacíos de aquella bibliote­ca. (Cf. Fülöp-Miller, René:"El Poder y los Secre­tos de los Jesuitas" Ed. Biblioteca Nueva, Madrid 1931 p. 325)

 

Si tal fue el destino sufrido por las bibliotecas y archivos jesuíticos, no menos penosa, la suerte que les cupo a todas las demás manifestaciones culturales como las plásticas y otras artes.

 

Las primeras quedaron abandonadas en los templos en ruina a la intemperie; muchas esta­tuas fueron decapitadas por bandeirantes o ma­melucos y otros buscadores de tesoros jesuíticos creyendo que dentro del torso de dichas imáge­nes encontrarían depósitos de oro y plata. Si algu­nas tallas menores se han salvado ha sido gracias a la piedad del indio que les dio piadoso alber­gue en su choza y así, de mano en mano, han lle­gado a nosotros.

 Pinturas, fuera de las que sirvieron para ilus­trar motivaciones de libros editados en la Im­prenta misionera o contribuir a sacralizar lo sa­cro, del resto ni los marcos quedan. Esperamos, no obstante, que algún coleccionista ateo o, al menos, antijesuita haya engrosado su colección de duque o marqués del dólar con alguno de esos ejemplares.

Esta situación en que quedó sumida, bajo el os­curantismo de algunos de nuestros gobernantes, todo el proceso cultural tan brillantemente inau­gurado y, en parte, desarrollado por los Misione­ros ¿a quién se lo debemos? ¿Qué hizo Bruno de Zabala en pro de tal cultura y civilización, des­pués del Extrañamiento de los Misioneros? ¿A qué se dedicó? Don Bruno, al igual que otros, se equivocaron al aceptar la Gobernación de las Mi­siones pensando en llenar sus arcas con el oro jesuítico.

Y desde aquel nefasto entonces1767 a 1810, y desde esa gloriosa fecha hasta el presente ¿qué gobernante pugnó por rescatar y salvaguardar esa cultura inicial que inmortaliza e inmortaliza­rá a Misiones?

 

¿Por qué hombres tan cultos como Mitre, Juan María Gutiérrez, Paul Groussac, por citar sólo a tres destacados liberales, no pierden oportunidad para desacreditar tan grande conquista cultural? Y, nosotros, que sacamos pecho llamándonos mi­sioneros hasta qué límite nos hemos interesado por rescatar y salvaguardar el legado Misionero?

  

(Parte de la Nota II del libro - inédito- "Notas para una historia de la Cultura de Misiones")

   

 

 

 

                                  ************** 

Selección: Prof. Norma Wionczak
Biblioteca "Kaul Grünwald"- Biblioteca General
Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales (UNaM)
Posadas - Misiones

 

 

 

 
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