Extendiendo fronteras, hibridaciones posibles
Por Raquel Alarcón y Daniel Carceglia
El área de extensión va a tener un significado muy especial en el futuro inmediato. En el momento en que el capitalismo global pretende reducir la universidad en su carácter funcionalista y transformarla de hecho en una amplia agencia de extensión a su servicio, la reforma de la universidad debe conferir una nueva centralidad a las actividades de extensión (con implicaciones en el currículo y en las carreras de los docentes) y concebirlas de modo alternativo al capitalismo global, atribuyendo a las universidades una participación activa en la construcción de la cohesión social, en la profundización de la democracia, en la lucha contra la exclusión social, la degradación ambiental y en la defensa de la diversidad cultural”.
Boaventura de Sousa Santos. La universidad popular del siglo XXI [1]
La extensión[2] constituye una de las actividades sustantivas de la universidad, al igual que la enseñanza y la investigación. Es precisamente la dimensión de nuestra práctica educativa en la cual las otras dos potencian sus sentidos y encuentran respuestas y renovadas preguntas.
La idea de extensión universitaria se construye generalmente en la comprensión de la idea del compromiso social que las universidades tienen en relación a su entorno social, político y cultural. Aunque el compromiso de la universidad con su comunidad no se expresa sólo a través de sus actividades de extensión. El compromiso social de las universidades se concreta en el conjunto de su trabajo educativo, científico y cultural; se expresa en sus políticas de acceso, sus propuestas académicas, sus temas de investigación, los modelos educativos adoptados e implementados, las prioridades científicas.
Nuestra provincia caracterizada por su configuración multiétnica, plurilingüe e intercultural ofrece múltiples espacios para experiencias de trabajo donde todas las disciplinas humanas y sociales que conforman los itinerarios curriculares de nuestras carreras tienen algo que decir y que aprender:, son territorios donde habitan los temas y problemas de la gente. Siempre supimos que ser habitantes de frontera nos sitúa en un perpetuum mobile de cruces y encrucijadas geopolíticas, económicas, culturales, lingüísticas, interpelados por una diversidad que nos atrapa y nos constituye. Durante la pandemia y el obligado aislamiento social y sanitario descubrimos otras fronteras y aprendimos también a atravesarlas: las de la virtualidad. Pasados los primeros momentos de incertidumbre, temores y desconciertos, entendimos que teníamos que sostener la continuidad pedagógica apoyándonos en las alternativas tecnológicas que teníamos a mano en la institución, en nuestras casas y en las de nuestros estudiantes.

En la reconfiguración de lo posible mediados por herramientas y recursos tecnológicos, nos atrevimos a dar clases, a tomar exámenes, a investigar y a desarrollar proyectos de extensión. Los esfuerzos y la creatividad desplegados para “estar en territorio” constituyen ahora -avizorando el retorno- potentes aprendizajes y capital de saberes para retomar experiencias de extensión que consideren la hibridez como una modalidad de los escenarios por venir.
Dice Paulo Freire (1993) que “[…] la Universidad que no lucha por un criterio más riguroso, por más seriedad en el ambiente de la investigación así como en el de la docencia -siempre indicotomizables-, no podrá aproximarse seriamente a las clases populares ni comprometerse con ellas. En el fondo, la Universidad debe girar en torno de dos preocupaciones fundamentales de las que se derivan otras y que tienen que ver con el ciclo del conocimiento. Éste, por su lado, cuenta tan sólo con dos momentos que se relacionan permanentemente: uno es el momento en que conocemos el conocimiento existente, ya producido, y el otro es aquel en que producimos el conocimiento nuevo. Aun cuando insista en la imposibilidad de separar mecánicamente estos dos momentos, aunque enfatice que son momentos de un mismo ciclo, me parece importante destacar que el momento en que conocemos el conocimiento existente es preponderantemente el de la docencia, el de enseñar y aprender contenidos, y el otro, el de la producción del nuevo conocimiento, es preponderantemente el de la investigación. En realidad, empero, toda docencia implica investigación y toda investigación implica docencia. No existe verdadera docencia en cuyo proceso no haya investigación como pregunta, como indagación, como curiosidad, creatividad, así como no existe investigación en cuya marcha no se aprenda necesariamente porque se conoce y no se enseñe porque se aprende”.
A este momento, hay que agregar que -aún cuando no aparezca mencionado en el texto por Freire, aparece encarnado de modo permanente en su práctica- se agrega el momento de la praxis como sentido del saber, del aprender, del conocer, del investigar, del aprender: la urgencia de transformar la realidad.
Los cambios paradigmáticos exigen/necesitan cambios de significaciones y sentidos, reconversiones y ampliación de acepciones. Pensarnos extensionistas híbridos nos pone ante la necesidad de recuperar los significados conocidos para pensar juntos/as nuevas aristas del caleidoscopio. El diccionario despliega más de diez acepciones para definir “extensión”, todas relacionadas con la acción para “hacer que algo, aumentando su superficie, ocupe más lugar o espacio que el que antes ocupaba”; “esparcir, desparramar lo que está amontonado, junto o espeso”; “desenvolver, desplegar o desenrollar algo que estaba doblado, arrollado o encogido; “dar mayor amplitud y comprensión que la que tenía un derecho, una jurisdicción, una autoridad, un conocimiento, etc.”; “irse difundiendo donde antes no lo había (un uso, una opinión o una costumbre); “alcanzar su fuerza, virtud o eficacia para influir u obrar u obrar en otra u otras”.
Entonces, si las actividades de extensión se caracterizan por la estrecha articulación /relación con el medio social, haciendo que los conocimientos atraviesen las paredes de la universidad y en esa interacción se validen, se cuestionen, se modifiquen y se enriquezcan, podemos definir esa acción sobre la base de las definiciones precedentes.
La extensión es quizá la más situada de nuestras prácticas docentes y como tal la más variopinta, la menos homogénea, la más arraigada a los contextos, a las historias de los sujetos, a los intereses de cada comunidad.
Los postulados sobre los que construimos una educación híbrida dan cabida a los mestizajes que nos constituyen. Nos dan herramientas para justificar intervenciones/ acciones conjuntas utilizando los medios habituales: radios locales, mensajería por los canales propios de las vecindades, en los lenguajes y estilos en que se comunican.
Instalarnos como universidad pública en los parajes, las colonias, los barrios suburbanos, las esquinas urbanas, las chacras, nos habilita puentes/caminos/recodos/subidas y bajadas para hablar en esa lengua en la que suele el pueblo hablar con su vecino, jugar con sus amigos, aconsejar, comentar, contar lo de siempre o lo extraordinario, sobre fiestas, comidas, trabajos, preocupaciones, temas que hacen a la mera vida. La capacidad de asombro y la curiosidad investigativa se enriquecen y se nutren en esa sabiduría plena y genuina del que lee el mundo y nos lo cuenta para que nosotros podamos traducirlo a una lectura de la palabra académica cuya meta no es otra que volver a terreno con propuestas respetuosas que alienten la mejora de una calidad de vida.
¿Cómo pensar y vivir lo híbrido en la extensión?
No hay recetas, no hay proformas ni moldes de antemano decididos. Solo sabemos que hay caminos y encrucijadas, que hay combinaciones posibles: desde la conexión con un celular, pasando por mensajes de radio o de tele hasta un encuentro sincrónico o el envío de un cuadernillo en papel que llega por el correo o al municipio o a la escuela más cercana; hay maneras de conectarnos con un coordinador o un líder del lugar para preparar un encuentro presencial cada tanto; y mientras ellos allá y nosotros acá, o al revés, aprendiendo a tejer puentes con nuevas redes.
La universidad, consciente del valor formativo de los proyectos de extensión ha aprobado recientemente el programa de curricularización de la extensión, por el cual a los y las estudiantes que certifican experiencias en este sentido se les consiga un “plus” en la formación profesional como “Complemento al Título”. La extensión así va ganando terreno en lo curricular. Del mismo modo las políticas universitarias apoyan las tareas de extensión y vinculación a través de financiamiento de proyectos como Voluntariado Universitario, PROFAE (Programa de fortalecimiento a las actividades de extensión) y otros.
La extensión nos posiciona en un proceso de trabajo compartido con otros parecidos y diferentes, cada actividad de extensión nos sitúa en una experiencia interpretativa y profundamente transformadora para todos porque nos instala en una dinámica abierta que hace que lo particular y único se vuelva común y se instale en la memoria colectiva.
La extensión supone tender puentes con territorios y con habitantes que están más o menos cercanos o lejanos de la universidad y que aportan con sus trabajos al sostenimiento de la misma, con gente que descubre que estudiar una carrera es un sueño posible. Los puentes híbridos pueden ser materiales o simbólicos, virtuales o mixtos, pero siempre son aliados del contacto, extensiones de un nosotros más plural e inclusivo, de un abrazo entre orillas.
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[1] De Sousa Santos, Bovanetura 2006. La universidad popular del siglo XXI. Lima, Fondo Editorial de
la Facultad de Ciencias Sociales-UNMSM
[2] Utilizamos el término de “extensión universitaria” no tanto por concordar con esa denominación -que es al mismo tiempo una comprensión- sino por facilitar la referencia al área y, sobre todo, a las actividades involucradas. Sin embargo es necesario destacar que está pendiente en la política universitaria a nivel nacional una discusión que profundice sobre el modo de denominar a estas acciones y al área; un nombre que prescinda de la idea del aroma iluminista que inunda la concepción de la Extensión Universitaria como un brazo que se proyecta sobre la sociedad, y lo reemplace por un abrazo compartido dentro de la misma comunidad.